Los venezolanos nos hemos infligido un daño considerable en las últimas décadas. Buscamos el cambio como una constante, pero a menudo sin ideas claras o los consensos requeridos. La retórica se reduce, esencialmente, a «hay que sacar a esta gente, esto no aguanta más», frases que resuenan desde la llegada de la democracia. Parece que ningún gobernante nos agrada. Sin importar quién ocupe el poder, la consigna es «hay que sacarlo». La popular telenovela de los 80, «Por estas calles», reflejaba fielmente ese sentimiento de reclamo.
Una década que hoy añoran algunos, aunque entonces era común escuchar epítetos despectivos como «pata en el suelo», «niche» o «cachifa» para referirse a la gente pobre, lo que se trasladó al plano político y formaba parte de la crítica a los gobernantes. Hemos sido extremadamente necios y hemos terminado haciéndonos daño a nosotros mismos. Lo mucho o lo poco que logramos construir durante el período democrático entre 1960 y 2002 (golpe de Estado del 11 de abril) simplemente lo hemos perdido y ahora lo añoramos. Mi generación añora los años 80 y 90, de la misma manera que la de mi padre añoraba los 50, es decir, la dictadura.
El culpable no es un partido o movimiento político en particular. Son nuestras propias acciones de estas últimas décadas las que han traído reacciones que nos fueron arrebatando espacios. Se consolidó una determinación que pasó de la generación de los 80 a los 90 y ahora al siglo XXI, centrada en una única consigna: «Hay que sacar a esta gente». Hablamos mucho de democracia, pero no aceptamos los acuerdos, que son la base fundamental de la política; siempre se habló de fraude electoral y de engaños, de insurrecciones. Sentarse a dialogar y llegar a un acuerdo se consideraba una traición a una causa sin fundamentos sólidos, solo la emoción de «hay que sacar a esta gente, esto no aguanta más».
La elección de 2015 representó la última oportunidad para los consensos. Sin embargo, decidimos tomar la misma ruta de sacar al Presidente y, si era posible, encarcelarlo junto con todos los que estuvieron o están en el gobierno. Creamos así una amenaza existencial que tuvo una respuesta equivalente: el dominio y la hegemonía como estrategia de supervivencia. Me sorprende mucho cómo la generación de mis hijos, «los millennials«, heredó el mismo sentimiento; es decir, pasó de los abuelos a los nietos, ¡increíble! Incluyendo el mismo radicalismo y prejuicios: no puede haber consensos, se tiene que resolver de un hachazo. La diferencia es que esta generación es más pragmática, no tiene la misma visión clasista (mantuana) que es tan aborrecible, y decidió avanzar (move on) y alejarse de la política con mucha razón, pues podrían terminar languideciendo en una cárcel.
Los venezolanos que vivimos aquí ahora antagonizamos con muchos que están afuera. Es común oír a alguien decir desde Miami: «Salgan a las calles y arriesguen la vida, es la única forma». «A esta gente hay que sacarla para resolver los problemas». Nosotros pensamos: «Es mejor que vengas tú a hacer lo que propones». Estos venezolanos son promotores de las sanciones y han heredado la visión del conflicto Miami/Cuba: «Hay que arruinar al país para salvarlo». Los cubanos llevan 67 años, nosotros 10 años de bloqueo y sanciones. No hay forma de que los venezolanos que estamos aquí podamos entender esa estrategia, si es que se le puede llamar así.
En lo personal, mi apuesta es aquí, en Venezuela, para ver desde el presente qué futuro se construye; uno nuevo, inclusivo y de consensos. Es el lugar donde encuentro el añorado propósito de vida. Busco ayudar donde pueda; estamos en tiempos de ayudarnos los unos a los otros como venezolanos. Presto poca atención a lo político y voto cuando hay oportunidad, que es lo que me corresponde como ciudadano, ya que no me gusta la vía de insurrecciones ni golpes de Estado. Aunque para algunos sea perder el tiempo, es mi tiempo.
Parto desde ceder el paso y respetar el semáforo hasta proponer o apoyar ideas que ayuden en el contexto económico, que nos deslastren de la visión de economía de Estado (controles), arraigada por cien años, hacia una más liberal y abierta. Promuevo a Venezuela como lo que es: una oportunidad de inversión, un país rico hermoso de gente humilde y gentil, donde todo está por hacer, y tengo como norma nunca hablar mal de mi país y menos frente a un extranjero.





