Ramiro Molina: Por primera vez la política petrolera no se define en Caracas ni en La Campiña, sino en Washington

Ramiro Molina tiene una interpretación de los eventos económicos venezolanos centrada en el ciudadano y en su lucha por salir adelante, por sobrevivir. Las crisis las ve como evoluciones que deben ser revisadas para aprender de los errores. Asegura que el no haber resuelto el dilema de cómo compaginar la naturaleza petrolera de la economía con el resto de la sociedad nos ha llevado a tener una deuda con las nuevas generaciones.

En su opinión, en Venezuela nunca se han podido resolver las crisis cambiarias porque se han seguido esquemas ortodoxos, cuyo acercamiento consiste en creer que es un problema fiscal y monetario, es decir, se percibe como una consecuencia y no como una causa.

Resalta el papel del sector privado en un contexto en el que el gobierno se vio obligado a cambiar por las circunstancias adversas, pero también advierte que ese sector está fatigado no solo por las crisis que ha enfrentado, sino también por las premoniciones negativas por parte de analistas que no sucedieron. Por ello, se atreve a hacer un mea culpa y afirmar que los economistas no tienen mejor récord de pronóstico que la Gaceta Hípica.

Para Molina, en el país el discurso sobre el rentismo sigue siendo el mismo: “Seguimos diciendo que lo que nos va a salvar es la diversificación”. Destaca que el año pasado el sector privado llegó a exportar entre 400 y 700 millones de dólares. “Eso no es nada. Tenemos 50 años hablando contra el rentismo petrolero y no salimos de él”.

-En estos últimos dos años se percibe dentro de la economía una actitud diferente por parte del sector privado. Es decir, hay como una intención de seguir adelante pese a todo, sin importar lo que venga. ¿Qué cambió?

-Creo que ha sido una mezcla de varias cosas. Primero, obviamente, un gobierno que, ante las restricciones o sanciones después del año 2017 y de la pandemia, necesitaba que alguien se ocupara de producir, por lo menos lo básico, para atender las necesidades de la población como alimentación, movilidad y salud. Podríamos decir que el gobierno se permitió ser más permisivo porque la verdad estamos ante un mismo gobierno, un mismo Estado, que tenía todo el estigma de ser autoritario y no permisivo con el sector privado.

Creo que eso cambió por convicción, por la realidad, por necesidad, o por lo que fuera, pero cambió. Creo que a estas alturas ya eso es un poco irrelevante. Surge, entonces, una actividad privada que se echa en sus hombros a la economía venezolana para resolverle problemas a los ciudadanos. Es un cambio de regla de juegos profundo, que no lo hemos asimilado en su magnitud plena. 

Como sociedad quedamos un poco presos en nuestras propias percepciones, en nuestros propios sectores. Aunque no lo hemos asimilado plenamente, pero hemos aprendido muchísimo. Por otro lado, para los que hemos estado por décadas en la actividad privada -en cierto sentido estamos desde 1981-1982- sintiendo choques y choques y choques ya estamos un poco fatigados, pero se ha sobrevivido a esos choques. 

Tienes ahora un contexto a tu favor con componentes imprescindibles para cualquier solución, como la tecnología. Es un commodity que está en el metaverso. Si tienes conectividad, tienes alcance a ello. Antes, la solución tratábamos de verla demasiado encerrada en una receta o en una caja, donde teníamos que poner al Estado en el medio, y después tratar de aprovechar de ese Estado el financiamiento. Ahora tienes un sector privado, por lo menos los que han persistido acá, que ha pagado por una curva de aprendizaje muy tortuosa.

-¿Se refiere a un sector privado más pragmático?

-No quiero llamarlo pragmatismo, más bien con una visión un poco distinta, porque entre otras cosas también está fatigado, no solamente de las crisis que ha habido, sino también de las premoniciones de las crisis por parte de analistas que no sucedieron. Sin desmeritar nada de lo que dicen, en realidad agudizaron un cuadro perceptual y sabemos que lo emocional es fundamental para tomar decisiones, hasta en los negocios. 

Los economistas nos hemos estado pelando reiteradamente. No solamente hemos agobiado a esta sociedad con las crisis reales que ocurrían, sino también con las crisis que vaticinábamos que no ocurrieron. Le metimos una sobrecarga emocional a una sociedad que sin muchas referencias no podía encontrar una ruta de interpretación y de salida a cada una de las etapas de crisis y en esto ya llevamos décadas.

-Hay quienes aseguran que la mayoría de los profesionales venezolanos se fueron del país. Que los que están no tienen la experticia de los otros. Usted que ha sido docente durante tantos años, ¿compra este argumento?

-Lo que yo he visto en 35 años dando clases en las universidades son generaciones y olas de estudiantes con modas de pensamiento, con inquietudes, con aspiraciones que cambian y se adaptan a los nuevos tiempos nacionales e internacionales. Lo que realmente maravilla es que ese es el principal recurso renovable que tenemos: generaciones que se van y otras que vuelven. Tienen virtudes y limitaciones, pero en lo cualitativo, en el ADN, yo no puedo decir que la generación de los 90 era mejor que la generación de hoy.

Hay otra gran ventaja que te mencionaba antes, que estos muchachos de hoy, con la tecnología, están conectados al mundo de una manera que ninguna otra generación anterior lo estuvo. Con acceso no solamente a herramientas que les permiten ser mucho más sofisticados en el manejo de información y de entornos, sino de estar realmente en el estado de alerta con lo que puede estar ocurriendo en cualquier otra parte del mundo. La muestra es que los que incluso se van, -y lo veo con regularidad- terminan siendo súper competitivos.  Es decir, el haber llegado de una Venezuela devastada en algunos sentidos, con tantas precariedades, no los limita. Por supuesto que, si uno entra en un estado emocional distinto, pues obviamente queda atrapado allí. 

La caracterización del contexto internacional, y también de las aspiraciones en los empresarios actuales de estas nuevas generaciones me asombra. En mi día a día, veo a empresarios menores de 30 años que están viendo problemas para resolver. Mi generación lo que pensaba era dónde puedo ganar unos reales rápido. El objetivo, el incentivo principal era eso. Así que, si queremos resolver problemas, tenemos el laboratorio más grande que puede existir, que es Venezuela, porque cualquier iniciativa amerita un cambio profundo. Las escalas y la manera de ver cómo fundar una empresa hoy es muy distinta a lo que yo vi en mi generación.

-Hablando de este tiempo, se ha venido produciendo un mini-boom de emprendimientos. Algunos han fallado otros han continuado. Muchos de ellos son impulsados por jóvenes menores de 40 años que comenzaron con un pequeño capital. ¿Qué es lo que ellos han visto que no vieron los empresarios anteriores en Venezuela? 

-Creo que han leído una realidad, un contexto internacional y nacional distinto. Yo diría que en algunos casos casi virgen. Te insisto con lo de la tecnología, porque eso te cambia la vida. La economía venezolana siempre, creo yo, tuvo unas particularidades que la hacían difícil de acomodar con un librito de recetas o en una caracterización comparativa.

Durante décadas Venezuela fue el único país en América Latina que tenía superávit en cuenta corriente. Todavía varios de los países que han podido superar sus propias crisis, siguen en su modelo de negocio con un déficit en cuenta corriente. Esto significa que consumen más de lo que viene de afuera y menos de lo que producen; por lo tanto, tienen que financiarlo. Es por eso que tienen una actitud distinta hacia los multilaterales, a los organismos financieros o bancas privadas internacionales. ¿Por qué? Porque si no los tienen, si no trabajan eso, pues no pueden consumir lo que están consumiendo. 

En el caso de Venezuela, la ecuación siempre fue distinta. Cruzábamos los dedos a veces para que el petróleo nos arreglara el déficit fiscal con aumento de precio o de la producción. Con ese contexto tan distinto no se podía aplicar el mismo libro para una sociedad que tenía una realidad diametralmente opuesta en su balanza de pago.

Sin embargo, más allá de eso creo que nuestra gran deuda como sociedad y con las generaciones que vienen es no haber resuelto ese dilema de cómo compaginar la naturaleza petrolera de nuestra economía con el resto de la sociedad. Creo, además, que nuestros gobiernos por décadas también fueron muy convencionales y en otros momentos quisieron construir otra Venezuela a pesar de esa realidad.

-¿Cómo se resolvía eso?

-Nunca resolvimos lo cambiario porque creíamos que el problema de Venezuela -bajo los esquemas y el algoritmo ortodoxo- era un problema fiscal y monetario. Si hubiésemos tenido disciplina, orden fiscal y monetario se habría resuelto lo cambiario. Hay que verlo desde otro ángulo. Lo cambiario no es una consecuencia, es una causa. Incluso ahorita seguimos en la misma trampa… Hace más de 40 años, cuando yo ya trabajaba en banca, un empresario prominente venezolano me dijo después de que yo tratara de entender su estrategia financiera: “En Venezuela nunca va a haber un dólar caro”.

Fotos: Raúl Romero

-Entrando un poco en el contexto internacional, ¿cree que todos estos cambios impulsados por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con los impuestos y las deportaciones, entre otras cosas, podría afectar la fortaleza del dólar?

-Bueno, en la coyuntura sí, pero tampoco hay muchas otras opciones. Las que hay son opciones tanto de resguardo patrimonial como transaccional. Es decir, se busca algo que sea líquido y transparente para que se pueda cubrir cualquier emergencia nacional si eres gobierno o personal si eres un ciudadano. Pero yo no estoy muy seguro de a dónde va a parar todo esto, porque en el corto plazo esto hace mucho ruido. Además, hay por parte de la administración estadounidense algo de errático. 

Pero bueno, hay un intento que están haciendo los BRICS, por ejemplo. También lo que hizo Rusia para un nuevo SWIFT, etc. Todo esto te da unas señales de pruebas, pero creo que son muy incipientes. Lo que ha tejido el dólar por décadas es una estructura y un tejido sumamente robusto y eficiente para atravesar y fluir alrededor del mundo.

-¿Qué tan viable ve una negociación de los gobiernos de Estados Unidos y Venezuela para que esto tenga impacto en la economía y por ende en las condiciones de vida de los ciudadanos?

-Pienso que las negociaciones no son solo para resolver problemas, sino que pareciera que hay suficientes intereses de parte y parte para buscarlas. Pero creo que las sanciones ya son un marco permanente para eso, porque es una baraja muy, muy valiosa para Estados Unidos. Casi que, por primera vez, desde que nosotros tratamos de entender la política petrolera venezolana, el destino de la política petrolera en buena parte no se define en Caracas, ni en La Campiña, sino en Washington. ¿A quién le venden? ¿Qué producen? ¿Cómo producen? ¿Cómo pagan? Ya no es una decisión autónoma. 

Bueno, yo creo que hay un interés para que esto continúe de esta manera para personas como el secretario de Estado, Marco Rubio… Recuerdo que dos semanas después de que se impusieran las sanciones petroleras en 2017 alguien muy cercano a países con sanciones que llegó a Venezuela me dijo una frase que me retumba desde entonces, porque nosotros no sabíamos qué significaba eso todavía. Me dijo: Molina, a ustedes se los tragó un monstruo y salir de ese monstruo va a tomar mucho tiempo.

-¿Qué hace a un economista un buen analista? 

-Hay que ser más humildes en las predicciones económicas. Los economistas no tenemos mejor récord de pronósticos que la Gaceta Hípica. Hay que abrir nuestro espacio, y yo creo que algo de eso está ocurriendo. La economía conductual se movió mucho desde hace 20 años y ha mejorado muchísimo la manera de hacer análisis económico y nos ha obligado a ser multidisciplinarios, a entender otras aristas. Ya desde hace décadas la economía institucional y otras escuelas lo desarrollaban.

Creo que estamos todavía en una situación de mucho rezago en nuestras escuelas porque el componente político-ideológico copó la agenda y lo académico lo sustituimos con una guerra de ideologías. Yo tengo la razón, por lo tanto, tú no; y entonces eso tiene que ver más con quién ejerce y cómo ejerce el poder. Mientras tanto, el otro está pensando en cómo desplazar del poder a ese, cómo soy yo el apropiado para tomar decisiones. Creo que ahí tenemos que hacer un reseteo y creo que está ocurriendo.

A estos muchachos ahora no les interesa mucho ese debate de recetas, son más instrumentales, más pragmáticos. Es decir, la manera de influir sobre la sociedad no es estando sentado en la esquina de Carmelitas y así yo decirle a todo el mundo cómo tiene que funcionar. Más bien piensan: Yo estoy con mi computadora y pienso cómo puedo hacer que vivamos un poquito mejor todos los que están alrededor mío. Ese es un punto de partida muy distinto, desde lo micro, de abajo hacia arriba.

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