Ser resiliente no significa soportar en silencio y ser conciliador no implica rendirse. En los últimos días me repito varias veces esta frase -como si fuera un mantra espiritual- para recordarme quién soy, de dónde vengo y, sobre todo, a dónde quiero ir. Tratar de mantener el pensamiento centrado, la claridad del propósito y la búsqueda de soluciones constructivas en un contexto tóxico no ha sido fácil para ninguno de nosotros los venezolanos y parafraseando a la escritora chilena Isabel Allende, debo decir: no había que sufrir tanto.
En medio de un terrible ambiente polarizado pasé muchos años de mi vida preguntándome ¿por qué tanta frustración y resentimiento entre nosotros? ¿Por qué esa capacidad de hacernos daño? Luego entendí que hay facturas generacionales que teníamos pendientes, episodios terribles de la Independenciay la guerra federal que creía que habían quedado en los libros, años de desigualdad en medio de la construcción de un estado democrático que pasaron desapercibidos para muchos de nosotros.
Pretendimos que la “pacificación” ejercida con mano dura de Juan Vicente Gómez había sido suficiente y años después se pensó que el Pacto de Punto Fijo garantizaría la vida democrática por siempre. En realidad, para mí fue el petróleo el gran artífice de la estructura económica, cultural y social del siglo XX en nuestro país y yo -sin complejo alguno- digo que estoy agradecida.
Pero eso no nos libró de caer en profundas crisis económicas y sociales que no fuimos capaces de resolver entre nosotros, sino que siempre buscamos sacar del paso al otro, desconocerlo, someterlo, eliminarlo. La frase típica: “Si no estás conmigo estás contra mí”. ¿Y qué conseguimos?
Hace algunos años comencé a participar como invitada en el Grupo de Boston. Fue mi primera experiencia utilizando la metodología de negociación de la Universidad de Harvard, a través de un mecanismo de creación de ideas. Si bien era solo testigo, en muchos casos pude ver discusiones entre especialistas de diversas áreas; todos ellos venían de diferentes sectores políticos. Fue un aprendizaje para todos los presentes el comenzar a desmontar las narrativas políticas de cada sector y prescindir de sustantivos y adjetivos creados para la división y la estigmatización.
No era un espacio para la catarsis, sino para el trabajo en equipo, dándoles prioridad a las necesidades de la gente común. Se discutió sobre petróleo, economía, electricidad, educación, salud y otros temas y cada documento emanado tuvo siempre el espíritu participativo de todos los sectores.
No fue nada fácil -debo confesar- porque ponerse de acuerdo con personas que son opuestas ideológicamente requiere de una alta dosis de tolerancia, pero también de un llamado al sentido común. Quizá para mí lo más importante de esa experiencia fue el haber logrado que cada uno de los participantes reconociera al otro, le respetara (a pesar de no estar de acuerdo) y aceptara que el consenso no necesariamente es capitular, mucho más cuando se trata de un bien mayor: la patria.
Cada uno de nosotros lleva consigo una dosis de frustración. Nos hemos hecho daño. Se ha puesto a prueba nuestro nivel de resiliencia. No hace falta repetir la lista de calamidades de las últimas dos décadas, sería regodearse en la miseria. Siempre recuerdo que en momentos muy complicados de mi vida mi papá me decía lo mismo: “Hija, mañana sale el sol”. Era una invitación a seguir adelante, a no detenerme ni quedarme arrodillada ante los golpes de la vida. Eso es lo que siento que ha hecho parte de mi país. Seguir adelante pese a todo porque era mentira que los países tocan fondo.
Buscar la conciliación en un ambiente tóxico es todo un desafío humano que requiere equilibrio, fortaleza emocional, propuestas y soluciones. Hay que dejar la rabia a un lado, hay que respirar profundo y centrarse para no guardar resentimiento, hay que pensar en lo que le dejamos a las nuevas generaciones y a veces -incluso- hay que voltear a ver lo que los jóvenes están haciendo. Debemos comenzar a hacer las cosas de manera distinta. Dejar la tierra arrasada no es comenzar de nuevo, es convertir aquello en donde hubo vida en un cementerio. Reconocer y respetar al otro no puede ser un símbolo de debilidad, sino de hidalguía y grandeza.
Para quienes decidimos quedarnos en Venezuela siempre ha estado claro que nos quedamos porque pudimos hacerlo. Muchos no pudieron. Pero sin duda alguna siempre ha habido un precio que pagar para unos y para otros. Vivir desde el dolor, la hipersensibilidad, los deseos de venganza es fácil, es cómodo. No requiere esfuerzo intelectual alguno, no amerita altura espiritual. Yo misma he tenido que enfrentar sentimientos oscuros ante aquellos que me han hecho daño ¿Y quién no?
Hacer un llamado al diálogo estratégico tiene que ser una demanda entre nosotros. No es una potencia extranjera, no es un Secretario de Estado, no son los interinatos, no son las sanciones petroleras, no es país al otro lado del mundo, no es la persecución policial hacia profesionales, no son el héroe y la heroina, no es llamando a los empresarios colaboracionistas lo que va a sacar al país adelante. Solo nosotros podemos hacerlo. Y la verdad es que a veces provoca gritar: ¡Ya está bueno de narrativas!
Danny Ocean dice en una de sus canciones: “Cambio la justicia por la paz”. Elena Rose canta “Que todo salga bien, me lo merezco”. La letra de una canción de Servando y Florentino dice: “Si amamos nuestra tierra, por qué existe división. Hasta que no me respondan gritará mi corazón».









