A las 7:03 minutos de la noche comenzó su mensaje a la nación. La puesta en escena con una estética sobria, iluminada y con colores pasteles marcó el contraste con su predecesor. No hubo cuadro de Hugo Chávez, ni de Nicolás Maduro a su espalda. El escenario era ella escoltada por la bandera tricolor de lado y lado y un backing color azul cielo, en el que se trasparentaban las ocho estrellas, el Palacio de Miraflores y el escudo nacional. Sin duda, la simbología estuvo presente para hablar sin palabras, para alterar las percepciones, para marcar las diferencias. Todo bien estudiado.
Un discurso estructurado y grabado, pero que denotaba poco ensayo fue comunicado en un tono tranquilo pero firme, sin alteraciones en la voz ni inflexiones dramáticas. No hubo la intención de ejercer el tono autoritario, ese que a lo largo del tiempo pretendió convertirse en una épica histórica, típico de los megalómanos de los últimos 26 años. Pero todo esto también fue a propósito.
Se vistió con un taller verde claro, un color que en compañía del azul cielo del backing crearon una combinación que pretende mostrar frescura, tranquilidad y pulcritud. Esto complementado con una franela blanca -para comunicar sencillez- y unos aros como zarcillos marcaron su outfit. Sin pulseras, sin collar; sin nada que desviase la atención. No faltó su talismán: un mapa de Venezuela tallado en oro que ha llevado como prendedor desde el primer día en que asumió la presidencia interina. Siempre del lado izquierdo, el del corazón. Esto tampoco fue casual.
Los presentes se sentaron de ambos lados, todos de traje y corbata, sobrios, distanciados el uno del otro, pero con actitud obediente y mostrando cohesión. Detrás de ellos unos poco miembros del alto mando militar. Se vieron dos damas durante la trasmisión que forman parte de su gabinete. Una de ellas queriendo o no- quebró el circulo cromático de la escena con su indumentaria plagada de colores.
La transmisión televisiva fue clásica, sin espavientos audiovisuales, ni espectacularidades, tomas de cámara directas y centradas con breves paneos a los lados y los característicos zooms. La iluminación fue uniforme y clara, sin efectos dramáticos ni juegos de luces. Eso sí, hubo mucho empeño del director de la transmisión por mostrar la imagen grupal con ella al centro, parcialmente ocultada por un podio blanco, desde donde manejaba las cifras con destreza y revisaba sus papeles para orientar su hilo narrativo. Todo tal cual fue preparado.
Utilizó frases bien escogidas para marcar diferencias. Habló de errores del pasado, de reconocerlos y corregirlos; de recuperar el bienestar de los trabajadores, reconoció la migración masiva e invitó al regreso. El lenguaje no incluyó la palabra revolución, ni chavismo, no hubo consignas políticas. Trató de convencer, pero sobre todo quiso marcar la diferencia de una manera más que evidente. Nada de esto fue al azar.
Oficializó en su mensaje a la nación una reforma completa del Estado a una semana de cumplir sus primeros 100 días en el gobierno. Sabe que necesita resultados económicos pronto porque también es consciente de que no podrá eludir la transición política quiera o no.
También sabe que no es la preferida de un pueblo cansado y herido. Sin embargo, ayer demostró que está decidida -al menos- a cambiar las percepciones, una tarea titánica tomando en cuenta que ella forma parte de los artífices del pasado doloroso.
Como buscando una bendición citó al finalizar a Simón Bolívar. Su ofrecimiento fue audaz, tanto así que despierta incredulidad. Pero un golpe de suerte o el infortunio la colocó en esa posición, y al parecer quiere barrer con todo un legado de creación de miseria y oscuridad. Y como si la simbología está vez le jugara a ella, hubo un bajón de luz mientras hablaba a la nación. ¿Sincronicidad?
A las 7:33 de la noche finalizó la cadena nacional. Su capacidad de síntesis para abarcar tantas áreas, con seguridad se le agradece. Otro gran contraste con los 26 años anteriores plagados de narrativas grandilocuentes y vacías de contenido que coparon las horas de los venezolanos hasta el hartazgo. La brevedad para ella es un activo.
Cuando se busca el significado del color verde claro, se le describe como un símbolo de renovación, crecimiento, frescura, juventud y calma. Desde el punto de vista de la psicología transmite esperanza, equilibrio, tranquilidad y energía positiva. Se utiliza para relajar y fomentar la creatividad. Curiosamente también representa paz y nuevos comienzos y Delcy Rodríguez -como presidenta interina- lo sabe.
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