El papa Francisco falleció la madrugada de este lunes en su residencia de la Casa Santa Marta en el Vaticano, a los 88 años de edad. Hijo de inmigrantes, nacido en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, fue el primer latinoamericano y miembro de la orden jesuita en ser elegido Sumo Pontífice.
“Esta mañana, el obispo de Roma, Francisco, volvió a la casa del Padre”, anunció el cardenal Kevin Farrell en un comunicado publicado por el Vaticano en su canal de Telegram. El jesuita argentino, líder de la Iglesia católica desde 2013, había pasado 38 días hospitalizado por una grave neumonía y tras ser dado de alta el 23 de marzo, parecía debilitado, aunque participó el domingo en la celebración de la Pascua.
Francisco rápidamente se ganó una reputación de modernizador, con una actitud abierta que lo llevó a hablar con valentía sobre crisis humanitarias, como la migración, la guerra y el cambio climático. También se dedicó a defender a los más vulnerables, cuestionando las desigualdades económicas y promoviendo el bienestar humano.
La máxima autoridad eclesiástica fue una voz crítica y profética en el panorama económico global, desafiando el paradigma dominante y proponiendo una visión centrada en la dignidad humana y el cuidado del planeta.
Constantemente cuestionó la desigualdad y la exclusión. Abogó por una economía que sirviera al bien común, priorizando las necesidades de los pobres y marginados. Resaltó la importancia del Estado y el rol que tiene en la creación de políticas que fomenten la solidaridad entre los ciudadanos.
“La economía que mata”
Arraigado en la doctrina social de la Iglesia, denunció hasta sus últimos días “la economía que mata», refiriéndose a un sistema que prioriza las ganancias por encima del bienestar humano y que excluye a los marginados.
“La economía de Dios no mata, no descarta, no aplasta; es humilde, fiel a la tierra. Hoy existen economías inhumanas, en las noventa y nueve valen más que uno, porque lo que hemos construido es un mundo de cálculos y algoritmos, de lógica fría e interés implacable ”, dijo el Sumo Pontífice el pasado 18 de abril en un comunicado.
Años antes, en 2019, ya había hecho fuertes señalamientos. «Una economía diferente, que haga vivir a la gente y no mate, que incluya y no excluya, que humanice y no deshumanice, que cuide la creación y no la saque», pidió el papa Francisco.
Con respecto al consumismo, su crítica estuvo basada en la convicción de que la acumulación excesiva de bienes materiales no conduce a la felicidad y, además, agrava la crisis ambiental.
Francico también hizo frente a la “cultura del descarte”, un sistema de pensamiento que excluye a las personas que no son productivas, rentables y son tratadas como desechos. Cuestionó también la especulación financiera y la falta de regulación, elementos que permiten la concentración del poder económico.
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“La economía de Francisco” y la conversión ecológica
Para Francisco, quien eligió ese nombre en honor a San Francisco de Asís, conocido por su dedicación a los pobres, la solidaridad era un principio fundamental para construir una sociedad más justa y equitativa, donde todos tengan la oportunidad de vivir con dignidad.
Promovió la idea de “la economía de Francisco”, un movimiento global que reúne a jóvenes economistas, empresarios y activistas para repensar el sistema económico y construir un futuro más justo y sostenible.
El cuidado del medioambiente también fue una de sus banderas. El Papa creía que un modelo económico errado, tenía un vínculo inquebrantable con la crisis ambiental y la crisis social.
En ese sentido, hizo llamados a la «conversión ecológica» y a la adopción de prácticas económicas más respetuosas con el planeta, que garantiran un futuro sostenible para las generaciones venideras.
El Francisco será recordado, entre otras cosas, por abogar y promover un cambio fundamental en la forma en que se estructura la economía mundial y por buscar un modelo que le diera prioridad a la dignidad humana, la justicia social y el cuidado del planeta.









